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Subí al avión con el olor a hospital todavía instalado en mi nariz y la tristeza que se te queda impregnada al salir de estos sitios. Había pasado la noche allí. Era la segunda semana de ingreso de mi hermano. Desde aquel domingo de marzo en el que nos avisaron desde urgencias, el viaje se quedó en el aire. No encontré el tiempo ni la energía para seguir pensando en aquello.  Una noche, mi hermano me sugirió que nos fuéramos: “aquí tengo gente y lo peor ya ha pasado”. Compré los vuelos un martes, volamos un viernes. 

Aterrizamos en Múnich, que en ese momento podría haber sido cualquier punto del mundo, porque cenamos en una cadena de hamburguesas y dormimos en un hotel al lado del aeropuerto. El teléfono estaba pegado a la cama, por si en algún momento la situación cambiaba. Por la mañana, después de un copioso desayuno para ahorrarnos la comida a mediodía, porque así somos, fuimos a recoger nuestra furgoneta de alquiler. Pocos trayectos hasta el punto de recogida han sido tan complicados en nuestro currículum viajero. Mi hijo decidió jugarse la vida en un par de andenes, no teníamos monedas para comprar billetes de autobús y, a esta gymkana, se unió la poca simpatía de los conductores alemanes con los que interactuamos.

Recogemos nuestro vehículo. ¡Socorro, cuántas cosas nuevas! El miedo ante una situación nueva y la ilusión que te provoca la misma, pero que no te permites. Porque sabes que a unos miles de kilómetros tu familia sigue atrapada en ese olor a hospital y en ese paso del tiempo tan espeso. Quedan cuarenta minutos para llegar a Füssen, primer destino, y las carreteras se vuelven de cuento. Llegamos, ahora sí, esto es real. Tengo que llamar a mi madre y ver qué tal ha ido el día en el hospital, que no se me olvide. 

Primera noche superada con éxito relativo. Nos costó encender el gas y cenamos tarde, por lo que nos quedaban minutos para ducharnos en los baños comunes. La vida de camper la vida mejor… Al día siguiente, nuestro plan es visitar el castillo de Neuschwanstein. Lo había visto desde tantos ángulos en redes que me sorprendió el sorprenderme. Después del castillo llegaron lagos, pueblos y paisajes de película. En mis ojos había un filtro que no me dejaba ver del todo: el de la tristeza.

Pasaron tres días, con sus videollamadas, con el corazón dividido entre dos sitios en los que sentía que tenía que estar. Culpa de no ser útil en casa, pero tampoco poder darle a mi hijo y a mi pareja la presencia que siento que merecen. Podría estar en los Alpes o en mi casa, el nudo mental era similar..

El martes por la mañana paramos en un Lidl a hacer compras después de varios días festivos. Voy entre pasillos intentando no olvidar nada de mi lista mental. Suena el teléfono, es mi hermano. La persona más escasa en palabras que he conocido en mi vida. Os juro que esta persona con la que comparto ADN me ha llamado 3 veces contadas en la vida. Tiene que ser algo importante, vuelco al corazón inmediatamente. 

Salgo al parking. Es una videollamada. Una parte de mí se calma, nadie hace una videollamada para decir que ha empeorado, ¿no? En la pantalla mi hermano con los ojos llorosos y la bata azul. 

-Me voy a casa Mar, me han dado permiso.  Esta mañana ha pasado la doctora que habla valenciano. Ya me están haciendo los papeles- por detrás se escucha a mi madre haciendo de madre y recordándonos que todavía queda mucho trabajo por delante, aunque salga del hospital. 

De repente, el parking de supermercado en el que estaba empieza a parecerme un sitio precioso en medio de tanta montaña. Todavía queda camino por andar, pero en casa. Sin café de máquina y noches en butacones de polipiel, sin goteros y pérdida de la noción del tiempo. Sin ver a uno de los pilares de mi vida desmoronarse. 

Desde esta llamada, mi hermano sigue recuperándose día a día. Peleando por recuperar la vida que aquel 22 de marzo se nos paró a todos de cierta manera. Y nuestro viaje empezó realmente en aquel parking del Lidl. Con el corazón más ligero y los ojos más abiertos, nos adentramos en las Gargantas de Partnachklamm y se nos cayó alguna lagrimita ante tanta belleza. Subimos a Zugspitze, el punto más alto de Alemania, y Milo caminó por su primer glaciar. Porque como familia creemos que es más fácil cuidar aquello que conoces, que has vivido y tocado. 

Compramos cervezas alemanas, que abríamos cada tarde al llegar a nuestra furgoneta. Rodeamos el lago Eibsee maravillándonos con el color de sus aguas. Paramos en mitad de la ruta simplemente para admirar un paisaje o porque Milo veía un parque. Y, lo más importante, derribamos el mito de que viajar lo cura todo. La respuesta no es siempre irse. A veces será una buena idea, otras te habrás dedicado a llevar la nube en la que te hayas inmersa unos kilómetros más lejos. De hecho,  creo que es el recuerdo más potente del viaje. Más allá de los paisajes inverosímiles y de ver a mi hijo diciendo “Danke”, descubrir que viajar no siempre es la solución a mis problemas ha sido el aprendizaje más grande de esta aventura. ¿Quién me lo iba a decir a mí…?

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